Por: Marco Vinicio Mejía Dávila

Hace 107 años, el 12 de agosto de 1911, nació Mario Moreno Reyes, «Cantinflas». Su «nombre artístico» proviene de la expresión «en la cantina te inflas». Este gran cómico permanece en el gusto de la gente porque sus personajes provienen del pueblo. Al principio, personificó al peladito, una analfabeta sin oficio ni beneficio. El payaso original no pretendía ser héroe o un ejemplo para la sociedad. Después se transformó hasta representar las ocupaciones más variadas (policía, bombero, cartero, sastre, soldado, conserje, barrendero, etcétera). Era el temerario que estaba dispuesto a realizar cualquier sacrificio y con gran facilidad se metía en líos o se enamoraba.


Entre todo lo que nos dio permanece su gracia natural y el ingenio para resolver los problemas más difíciles. Lo recordamos por sus diálogos enredados y por la confianza en sí mismo a la hora de enfrentar supuestos imposibles.


La suya era una vida que quería ser todas las vidas. Aunque sus personajes no fueron pobres todo el tiempo, éstos no estaban sometidos al poder, por esa gran lección que quiso darnos: debemos ganar el mundo para nosotros y no que el mundo nos gane. Cantinflas demostró que el pueblo es el verdadero gobernante de la lengua. Cuando nos dijo: «el mundo debería reír más, pero, después de haber comido», nos alertó que la búsqueda de la justicia es mejor si va acompañada de la alegría; esa alegría que proviene de amar más la vida.

Si nuestra extracción social es popular, de barriada, sentimos que llevamos algo de Cantinflas para sobrevivir. Charlatanes, sabihondos y mujeriegos, nos sentimos capaces de emprender cualquier aventura para torear los designios de la pobreza y el subdesarrollo, condiciones unidas por el paraguas de la corrupción, esa cochambre de la mente y el espíritu. Pero Cantinflas enfrentaba con ingenio su pobreza. En cambio, Guatemala se convirtió en un país de menesterosos que solo piden derechos, pero dejan a un lado la dignidad o ignoran que primero están los deberes. Cantinflas nos entretiene con sus imitaciones de una erudición que cuestiona las desigualdades de toda clase, pero hay caricatos sangrantes que aparecen públicamente para esgrimir argumentos acomodaticios, enredados y falsamente emotivos. Si Cantinflas estuviera en los altares, le pediríamos que nos libre de los bufones que en nuestro país se apoderaron de la «Corte de los Milagros», lugar de los soberanos granujas definida por el diccionario como «conjunto de malvivientes y farsantes».

En este cumpleaños de Cantinflas, celebro su genio para poner carne y hueso al talento popular fraguado en la astucia de la sobrevivencia. Al verdadero humorista que puso carne y hueso al dolor social, por nosotros templado ahora a puras puyas de corruptos. Cantinflas encarnó a gente agachada, irredenta pero dueña de armas singulares a la hora de hacerse valer frente a indignidades, humillaciones y saqueos que no tienen madre, pero sí muchos padres.

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