Fútbol, el mal amado

Fútbol, el mal amado

Por: Marco Vinicio Mejía

El fútbol está organizado en una red de federaciones, aglutinadas en la FIFA. El esquema federativo coincide con las naciones y no con los Estados. Por ejemplo, Gran Bretaña está integrada por cuatro federaciones (Inglaterra, País de Gales, Escocía e Irlanda del Norte). Esa especie de correspondencia no justifica que se confunda a las selecciones de las federaciones con los Estados-Nación como acostumbran a hacer los comentaristas deportivos para exacerbar el nacionalismo o destacar las virtudes nacionales supuestamente en juego.


Como pasión o entretenimiento, esta práctica deportiva no puede dejarse de lado. Como observa Magnane, «el fútbol, detestado por unos e idolatrado por otros, sigue siendo en todo caso un mal amado, dejado de lado por algunos guías de la juventud que no saben comprenderlo o que han decretado que nada hay que comprender en él».


El fútbol cumple una función muy importante, ya que legitima el poder de sus detentadores. La antigua sentencia de «pan y circo» con que los emperadores romanos mantenían a sus súbditos, ahora resulta mínima al ampliarse el sentido del origen del poder.

Como un sector de la cultura de masas, el fútbol es un catalizador de algunas necesidades colectivas, no en cuanto valor social, sino en cuanto consumo. La competición reglamentada significa afirmar e insistir en la interiorización de la idea de la autoridad legítima, ligada al reconocimiento de una jerarquía natural.

Esta es una extensión del pensamiento neopositivista, fuertemente arraigado en nuestro medio. La falange de pensadores franceses y europeos de fines del siglo XIX y principios del XX, que lo originaron, relacionaron al deporte con el orden y el consenso social. Según éstos, la idea de la competición reglamentada en el deporte permitiría establecer y desarrollar los principios que fundamentan el «ordenamiento democrático racional», idea recogida por Pierre de Coubertin para institucionalizar el deporte moderno.

Se trata de utilizar al fútbol para la aceptación de las desigualdades en la búsqueda de un ideal común. Se recurre a él para convertirlo en un instrumento positivo de cohesión social, acentuándose la comunicación sobre temas neutrales y conformistas, lo cual puede resultar contraproducente si se respaldan la irresponsabilidad y la ineficiencia. De otro modo, solo puede pensarse que el fútbol ha sido instrumentalizarlo para anestesiar nuestro sentido crítico y distraer nuestra atención.