Por Alex Castillo, Consultor en Imagen Corporativa

Se ha preguntado alguna vez: ¿en quién o en qué confiar? Esta interrogante resulta hoy más válida que nunca en el mundo en que vivimos, pues la realidad misma es tan compleja que el ser humano constantemente se ve rebasado en sus capacidades para poder interpretarla y responder a ella.

Vamos por partes:


Primero, históricamente y aún en la actualidad se sigue planteando que el ser humano utiliza sus sentidos para tomar cierta información, orientarse y decidir con la finalidad de satisfacer sus intereses y aspiraciones.


Pero, ¿y si lo que vemos no es real?, ¿si lo que tocamos es un invento?, ¿si lo que leemos o el video que vemos fue manipulado o tergiversado?

Para nadie es un secreto que ahora, con los avances tecnológicos que ha habido de manera acelerada en la rama química, digital y comercial resulta la realidad totalmente moldeable a los objetivos que determinada persona o entidad tengan.

Segundo, entonces si tendremos que empezar a dudar de nuestros sentidos el ser humano recurre a sus círculos sociales, a sus allegados, para obtener cierta información de referencia para que la realidad que comparte con el otro ya esté juzgada por su cosmovisión, hecho que puede tener resultados más confiables pues ya tendrá ciertos juicios con los que puedo yo coincidir o no, pero me serán de utilidad, al fin y al cabo.

Pero, y si el otro está permeado por ciertas condicionantes, experiencias y juicios y estos resultan ser muy radicales como para tener un punto medio que me sirva a mí para juzgar lo más objetivamente la realidad, ¿qué hago?

Tercero, entonces recurriré a mis emociones, a mi instinto, dirá usted para así confiar en lo que yo “siento” que es lo verdadero, lo correcto para tomar mis decisiones.

Pero si en ese preciso momento estoy pasando por una situación complicada que permea mis sentimientos, o mi carácter y temperamento han estado marcadamente inclinados hacia un determinado lado hasta el punto que desconfío de ellos porque me he han hecho tomar malas decisiones.

Entonces, ¿qué hago dirá usted?

Aquí, en cuarto lugar, entra la importancia de lo que para nosotros como individuos tiene aplicar a nuestras vidas la Imagen Pública, pues ella nos explica que la realidad es lo que percibimos, ese conjunto de ideas que formulamos a partir que interpretamos el contexto y nos formamos un criterio a favor o en contra de determinado aspecto.

Esta disciplina imagológica, nos invita a tomar en cuenta que, si bien las ideas pueden cambiar durante el transcurso de nuestra vida, son nuestras creencias, esas ideas arraigadas, las que constituirán el punto de referencia más fuerte para que un determinado individuo tome una decisión de vida, de consumo, de acción o de reacción.

Son precisamente nuestras creencias formadas por la familia, la sociedad, la religión, la escuela, etc. las que debemos ordenar y estratégicamente posicionar en nuestra mente para se constituyan en un mapa que oriente nuestras propias decisiones.

En sí, la Imagen Pública consistirá ya no solo en generar ideas, sino más profundamente construir creencias sobre una persona, producto, servicio, entidad, marca o país que nos hagan creer y confiar en todos ellos en el tiempo.

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