Artículo de opinión publicado en el diario digital PERSPECTIVA el día 7 de septiembre de 2018.

Por: J. Roberto Dardón L.

La quincena pasada tuve que recortar aquel relato que mi inquieto tocayo Robert G. Dunlop nos dejó consignados en su segundo capítulo su memorable viaje por la Centroamérica post-federalista. En dicha entrega hice una relación prolija sobre las motivaciones del ir y venir de Dunlop por los parajes exóticos de aquellos Estados en su etapa formativa.


Por eso, luego del espectáculo bucólico que el aventurero escocés nos retrató al llegar a la cima del volcán de Irazú, justo en la medianía del año 1845; les ofrezco el relato de como terminó aquella gracia de bajar y explorar dentro del cráter―producto de aquel carácter indómito y atrevido―.


Aunque, teóricamente, aquel coloso de las tierras ticas se encontraba en estado durmiente (según la jerga vulcanológica), con el tiempo se confirmó que el volcán de Irazú estaba muy despierto.  Por último y como siempre, para conciliar de mejor forma el relato, la traducción que comparto es libre.

― [Continuación al] ascenso [del] volcán [de Irazú] (entre el 10 y 12 de julio de 1845) ―

“Luego de dos o tres intentos, más algunas caídas violentas, entendí que no había más remedio que llegar al fondo del cráter y buscar salida por otro camino. De la mejor manera que pude, anduve cierta distancia cuesta abajo, hasta llegar a una saliente de rocas perpendiculares. Tenía, al menos, unos veinte pies de alto ―poco más de 6.00 m―.”

Tras inspeccionarla, noté que sí lograba descender por uno de sus rostros, arrastrándome por el extremo de una de aquellas piedras proyectadas; pensé que debía ser capaz de alcanzar un estrecho descanso, anexo por el cual poder llegar al fondo. Por tal razón, até juntos el cinturón de montar, la corbata y el pañuelo de bolsillo ―para luego descubrir que miden entre doce y trece pies (entre 3.66 y 3.96 m) ―. Los abroché de la mejor forma que pude, hasta un punto [más firme] de roca, [por lo que] bajé por aproximadamente una yarda [poco más de 91 cm] del saliente proyectado.”

“[No obstante, para aquel momento] estaba buscando [la forma en] cómo podría posarme adecuadamente sobre [el saliente], el cinturón [sujeto a] la roca se desprendió, precipitándome hacia adelante. Por un gran esfuerzo logré tocar la repisa [del saliente] para evitar caer por el precipicio (que sin duda [me habría provocado] una muerte espectacular), y descendiendo [por] el cráter caminé hacia una brecha en el centro, de unas cien yardas ―poco más de 91 m― de diámetro.”

Le eché un vistazo, mas no pude ver fondo en [aquel] abismo. Luego rodé [encima de] algunas piedras, que cayeron [sobre otras], hasta que el ruido [de aquellas] se perdió en la distancia. [Para aquel momento, por] mucho, anhelaba que una soga [imaginaria] me bajara un poco, pero esto estaba fuera de discusión.”

Los bordes del cráter estaban formados por un granito azul oscuro, [que] en muchas partes [estaban] completamente fundidas, y en otras sólo [estaba] quebrado las altas temperaturas. Sin embargo, [en aquel lugar] no había azufre, ni traza alguna de caliza, arcilla, magnesia o cualquiera de las bases metálicas que se supone forman [a los] volcanes por su combustión, cuando entran en contacto con el agua.”

[Luego de esta aventura y] tras haber encontrado un camino más cómodo para ascender, volví [con] mi guía. [En total resultó que entre] el descenso y ascenso había pasado cinco horas [dentro del] cráter. [Al verme] pareció muy sorprendido y se regocijó de verme, ya que, como [me] confesó [luego], [había abandonado] toda esperanza de mi regreso.”

Tenía mucha curiosidad por saber lo que vi en la parte inferior [del cráter]; y le dije que había hablado con el Diablo durante dos horas, contándome muchas historias curiosas que no debo repetir. Él me creyó completamente, y lo escuché en el camino a casa contando la historia a varios lugareños, quienes sacudieron la cabeza y aparentaron creerlo también. Uno dijo: “¡Sí!, bien podría haber sucedido si él [Dunlop] es ‘inglés’”.”

Al descender de la montaña, me invadió un repentino desmayo, que surgió, supongo, del cambio súbito de una temperatura fría a una caliente; combinado con el efecto del esfuerzo violento [de la caminata]. Al ver que estaba a punto de caerme de mi caballo, ―que había vuelto a montar en la cabaña del hato―, me bajé y durante una hora me vi privado de toda capacidad de movimiento, aunque no de sentido y habla.

Pero [rápidamente] me recuperé de este percance tan singular, [por lo que] proseguí adelante [mi] rumbo, llegando a Cartago [en horas] del ocaso.

(Continuará)

 

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