Por: J. Roberto Dardón L.

Habiendo introducido algunos datos sobre quien describiera tantas regiones de nuestra antigua “Patria Grande”, continúo compartiéndoles algo de este joven y dinámico aventurero escocés.


Aparte de sus restos mortales ―puesto que falleció en Guatemala, en 1847 a los 31 años― Dunlop dejónos múltiples impresiones como emprendedor de un período histórico en que intentábase abrir Centroamerica al comercio del Atlántico Norte.


Desde su llegada a Nicaragua (proveniente de Guayaquil) Dunlop dispuso explorar varias poblaciones y parajes a lo largo del litoral pacifico istmeño; recopilando información sobre el potencial agroexportador local, sus facilidades o carencias de infraestructura e incluso oportunidades para impulsar negocios.

Dado que lo testimoniado proviene de su diario de viajes personal, el orden temático pareciera ir al azar. No obstante, esto no pelea con lo minucioso de su exposición, que por momentos resulta asombrosa.

Pude constatar la atención al detalle que Dunlop imprimió en sus relatos, luego de lo enumerado en un ingenio añilero leonés ―de especial interés para este viajero y cronista―; quien, tras regresar a la villa de Chinandega, donde se hospedaba, enfilóse a su siguiente parada: el volcán Cosigüina.  

A continuación, como primera parte, les comparto una traducción libre de un extracto del primer capítulo, de esta obra póstuma de Dunlop, “Travels in Central America[…]”.

―Ascenso al volcán Cosigüina―

Esta tarde ―del día 24 de abril de 1844―, luego de contratar un bongo para devolvernos a la Union(sic) ―se refiere al puerto salvadoreño de La Unión― regresamos la mañana siguiente al “espléndido” puerto de Nacascolo; embarcándonos a la una de la tarde y, habiendo arreglado el desembarco en aquel pasaje, para ver y escalar el célebre volcán de Cosiguina(sic) ―en Nicaragua―.

Ambos puntos geográficos se encuentran bañados por aguas del golfo de Fonseca, en sus extremos NO y SE respectivamente.

Bajamos ―con la marea― por la entrada de un arroyo, donde los barqueros deseaban esperar toda la noche; pero yo los obligué a levantar la piedra que servía de ancla, cuando la marea cambió a la una de la madrugada.

A las ocho de la mañana, llegamos al punto frente a Cosiguina(sic), donde desembarcamos en tierra. Uno de los barqueros se encargó de guiarme en la subida ―o más bien al pie de la montaña (dado que nunca lo había hecho)―, así como de llevar una pequeña cantidad de provisiones para la marcha.

Después de trepar durante tres horas ―entre los arbustos mezclados con residuos, escorias y otras sustancias volcánicas―, llegamos al pie de la montaña y comenzamos el ascenso; en medio de enormes bloques de piedras vitrificadas, mezcladas con grandes rocas obscurecidas.

Aquel monte está lejos de ser notablemente escarpado y la subida no es tan difícil, como en la mayoría de los conos volcánicos. En algunos lugares la vegetación reanudóse entre las cenizas; pero la apariencia es bastante desolada, dando muchas señales de la temerosa convulsión pasada.

Eran casi las dos de la tarde antes de llegar a la cima; y debido al sol ardiente, las rocas volcánicas obscurecidas estaban tan calientes, que casi quemaran la piel cuando las tocaban.

El cráter es un orificio grande y estriado, probablemente de una legua ―aprox. 4.5 km ― de circunferencia; y los lados están rodeados por piedras empinadas con bordes afilados; lo que hace que el descenso sea completamente imposible, a menos que el explorador descienda con una cuerda.

Todo dentro del mismo está trastornado y las rocas de granito ―de las cuales parece formarse la montaña― están en parte derretidas, en parte agrietadas por el intenso calor. Sin embargo, no hay rastros de ninguna corriente de lava y hasta donde pude ver, dentro del abismo del cráter, nada era visible excepto una sucesión de peñascos quemados y punzantes.

Ya no hay humo en ninguna parte y antes que se produjera otra erupción, las lluvias invernales ―probablemente― detuvieron el desfogue con arena y cenizas; llenando por ende el cráter con agua, dándole así la apariencia de un volcán extinto. Ésta era, previamente, la situación que suponíase a la última erupción.

La altura de la montaña no puede exceder de 2000 a 3000 pies ―entre 610 m y 914 m― y visto de lejos, su aspecto no tiene nada de peculiar. Ni siquiera tiene apariencia volcánica.

Habiendo permanecido unas dos horas en la cima, ​​recogiendo especímenes de las rocas que componen los bordes del cráter, partimos de regreso; encontrando en nuestro viaje varios charcos de azufre en estado casi puro. En algunos casos, éste asume un hermoso color bronce que, al parecer, mostraba la presencia de hierro; y en otros se mezcla con algún mineral que le da un color verdoso.

Alcanzamos la orilla ―de la costa― un poco después del ocaso y tras vagar un rato ―a riesgo de caer sobre uno de los muchos precipicios limitados por el mar―, finalmente descubrimos la canoa. Sin deseos de permanecer a bordo […], más de lo necesario, me acosté al lado de una roca que sobresalía, diciéndoles a los hombres que me despertaran tan pronto como la marea cambiara, lo cual hicieron a las dos de la madrugada ―de siguiente día 25 de abril―.

Habiendo subido de peso ―por las muestras geológicas llevadas por el explorador desde el cráter―, logramos llegar a una pequeña isla boscosa ―probablemente Isla Perico― a la entrada del puerto de La Union(sic); donde permanecimos hasta las dos de la tarde cuando nuevamente avanzamos y llegamos al pueblo de la Union(sic) un poco después del anochecer.

Tras esta aventura de montañismo, Dunlop finalmente entra de lleno a la crónica sobre este coloso nicaragüense:

Antes de 1835, la montaña llamada Cosiguina(sic) se consideraba como un volcán extinguido, aunque existía la tradición de haber permanecido, por más de trescientos años, en estado eruptivo; debido a la abundancia de vestigios y estragos del pasado.

Pasadas las seis y media de la mañana del 20 de enero de 1835, los habitantes de Chinendega(sic), Leon(sic), Realejo, La Union(sic), San Miguel, así como de los campos circunvecinos fueron asustados por una explosión estrepitosa.

(Continuará)

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