Por: J. Roberto Dardón L.

La quincena pasada empezamos un breve recorrido, junto al explorador británico Robert G. Dunlop en los parajes desolados del volcán Cosigüina; situado en la punta más occidental de Nicaragua, que se adentra en el golfo de Fonseca. Constatamos que, a pesar de sus objetivos como emprendedor de proyectos lucrativos en la región centroamericana; ésto no le impidió cultivar y satisfacer sus inquietudes por la aventura y su sed intelectual, por conocer del entorno y la gente que le rodeaban.


De allí que, sin mayor aspaviento, empezó la subida al Cosigüina junto a sus guías salvadoreños, no tan acostumbrados al montañismo fuera de carácter científico o lúdico. He de suponer que la idea de Dunlop era constatar in situ los reportes geológicos de este volcán, publicados por el mismo Charles Darwin en 1839; y compendiados, ya en su vejez, en el “Journal of Researches Into the Natural History and Geology[…]” (1876), partiendo de lo visto en sus viajes exploratorios por la América del Sur.


Por eso, luego la aclaración, prosigo compartiéndoles esta traducción libre del reporte que, ha su vez, Dunlop nos hace luego de recabar información en directo; con testigos del fenómeno telúrico ocurrido, en las primeras horas del día 20 de enero de 1835 en este rincón centroamericano.

―Narración sobre la explosión de 1835―

De inmediato, todo el horizonte se iluminó por una luz densa y amarilla, despidiéndose un fuerte hedor a azufre; mientras que caía una lluvia fuerte de polvo blanco y fino, penetrando en cada escondrijo y haciendo que la respiración fuera dolorosa y difícil. Esto continuó hasta la una de la madrugada del día 23, mientras que el sol y las estrellas quedaron invisibles ―por tres días―a la vista; y una luz pálida y enfermiza, parecida a la neblina londinense, se impregnó en el ambiente.

Al mismo tiempo, un retumbo espantoso se escuchó a lo largo y ancho de toda la América central, llegando tan lejos como la frontera mexicana ―por aquellos días entre Soconusco y Palenque, en el curso medio del río Usumacinta―, la República de Nueva Granada ―que iniciaba en la Veragua, en el Occidente panameño― y la isla de Jamaica.

Lo que siguió fue una escena fabulosa hasta el límite: las aves salieron apresuradamente de los montes para caer muertas en los campos y aldeas; las bestias salvajes deambularon por los pueblos y caminos públicos ―rugiendo de terror―, más su fiereza y timidez naturales quedaban igualmente dominadas. La gente, presa de su asombro, supuso que el día del juicio había llegado, y corrió a las iglesias, arrojándose sobre los pisos delante de las imágenes de sus santos; otros, confesaban sus pecados e imploraban misericordia.

Todo fue pánico y consternación. Y para completar el horror en la escena, cayó una terrible oscuridad, más profunda que la noche más tenebrosa. Ésta se prolongó durante cuarenta y tres horas; por lo que ninguna persona pudo ver a una yarda ―3 pies, o poco más de 91 cm― por delante. Incluso las luces artificiales no podían distinguirse a más de unos pocos pies de distancia.

Durante todo este tiempo, hubo ruidos continuos más fuertes que los más terribles truenos, acompañados de relámpagos, apareciendo en todas las direcciones y volviendo la oscuridad más espantosa. Cayeron cantidades tan enormes de cenizas, que algunas partes llegaron a cubrir la tierra con una profundidad de hasta tres pies ―equivalente a una yarda o 91 cm―.

Los efectos aquí descritos se sintieron más o menos a una distancia de cincuenta leguas, casi 279 km, tan lejos como Asunción Mita, San Pedro Sula y San Juan del Sur, ―poblaciones en el corazón de Guatemala y los extremos de Honduras y Nicaragua― alrededor del volcán, siendo los más significativos hasta la capital del Estado de San Salvador(sic), a unas quince leguas de distancia, en línea recta, desde el volcán.

Don Juakin Salgero(sic), que en aquel momento era el administrador de la aduana local ―del puerto de La Unión, El Salvador―, me dijo que ‘las palabras no podían describir la naturaleza terrorífica de la escena’. Y por considerarlo ―por error―como una erupción del extinto volcán de Conchagua ―distante como una legua ―entre 3,45 a 5,60 km―, o sea una montaña a la vecindad― partió hacia San Miguel en medio de la oscuridad.

El encargado del fisco portuario continúo narrándole al viajero escocés: “Algunos hombres que portaban antorchas de pino iluminado ―refiriéndose al Pinus Montezumæ, que en Guatemala llamamos ‘ocote’―. Pudieron descubrir el camino. Sin embargo, era muy difícil transitarlo, ya que la oscuridad era tan densa que no se podía verse ni con una antorcha a tres yardas ―aprox. 2,74 m― de distancia. En su huida fue acompañado por varios de los habitantes aterrorizados, algunos a pie y otros en mulas y caballos. “

El ganado e incluso los animales salvajes seguían las luces ―de los viajantes― a lo largo del camino; mientras que los pájaros llegaron y revoloteaban sobre las personas y los caballos de los viajeros, siendo imposible alejarlos. Incluso los lagartos y otros reptiles parecían buscar protección para sí mismos, en lugar de huir de ellos ―o sea los humanos ― como de costumbre.

Llegaron a San Miguel tras unas quince horas, cuando el tiempo habitual para viajar era la mitad de este (a una distancia de quince leguas) ―entre 72 y 84 km―. Sin embargo, a su llegada la oscuridad continuó casi igual de intensa, aunque los otros fenómenos ―supongo que la erupción y la tormenta sucia― habían disminuido ligeramente en violencia.

Dos arroyos de tamaño considerable, que corrían por el lado de la montaña, se cubrieron de cenizas y piedras ―bajo el efecto de lo que hoy se conoce con el termino javanés de ‘lahar’―; y desde entonces, ambas corrientes han desaparecido por completo. Inmediatamente después de la erupción se descubrieron dos islotes en doce brazas náuticas―medidas inglesas que equivalen a casi 22 m― un tanto retiradas de la costa opuesta al volcán, que aún existen.

Desde la erupción hasta la fecha aproximada de descripción ―ca. 1846― “No a(sic) quedado vestigio alguno de habitaciones, ni de vida animal o vegetal se pudiera mantenerse por algunas leguas alrededor de la montaña. Aún se ven señalados los sitios donde existían algunas haciendas ganaderas por excelencia, aunque ahora cubiertas con una espesa masa de cenizas y rocas carbonizadas.”

Los efectos de esta erupción―según nos cuenta la relación de Dunlop― se sintieron claramente en las islas de Jamaica y Haytí(sic), así como en otras partes de las Indias Occidentales, llegando las cenizas expulsadas hasta Oajaca(sic) en México, a una distancia de 430 leguas ―más de 2,000 km de distancia―.

(Continuará)

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