Por: Roberto Dardón

―Consideraciones previas―

Hace poco más de un mes, los guatemaltecos salimos de nuestra rutina diaria para presenciar ―en vivo y en directo―, una erupción de proporciones poco usuales en uno de nuestros íconos orográficos de toda la vida.

Hablo, por supuesto, del volcán Chi’gag, topónimo original de las comunidades de habla caqchiquél; aunque hoy en día se le conozca mejor por su traducción al castellano: de Fuego.

De más estaría relatar los pormenores en el antes y después de una crónica tan reciente; aunque lo más significativo de la misma, sería los medios empleados para registrarla y hacerla partícipe a todos ―y cada uno de nosotros― en tiempo real.

Consideremos que dicho espectáculo pasó, en pocas horas, de lo pintoresco y curioso a convertirse en la aproximación misma del infierno sobre la Tierra para miles de personas en Alotenango; así como el pánico desatado en las proximidades de San Pedro Yepocapa y la cabecera departamental de Escuintla.

Los efectos posteriores de esta erupción a nivel social, económico y político están por verse en lo sucesivo; por lo que comentar al respecto, de momento, viene sobrando.

Lo importante, en todo caso, es que con semejante calamidad ―producto de la naturaleza―, quienes no hace mucho tengamos capacidad de memoria y/o uso de razón (o sea, desde niños pequeños hasta adultos jóvenes); adquirimos un conocimiento de causa que, hasta hace algunos meses, era terreno conocido sólo por nuestros padres y abuelos.

Muchos de ellos, siendo jóvenes y adultos, fueron testigos de otra espectacular erupción de mismo volcán en la segunda quincena en octubre de 1974. Para quien desee investigar un poco al respecto, hay varias fotografías interesantes y algunas reseñas de carácter histórico desperdigadas en línea.

Todos estos hechos del ayer inmediato y nuestro pasado más reciente, junto con sus consecuencias; hicieron recordarme algunos relatos curiosos que, por mi irremediable propensión a la voracidad lectora, he ido descubriendo a lo largo del tiempo.

Tales hechos, consignados en crónicas poco conocidas entre el amplio público lector, corresponden a las hecatombes explosivas en los volcanes Consigüina en 1768 e Izalco en 1835. Estos colosos se encuentran situados en las hermanas repúblicas de Nicaragua y El Salvador, respectivamente.

Encontré estos pasajes dentro de una magnífica relación histórico-geográfica, realizada por Robert Glasgow Dunlop Esq. (1815-1847) en Travels in Central America, being a Journal of nearly Three years’ Residence in the Country. […]; allá por los comienzos de la vida republicana en este rincón del hemisferio occidental.

Salvo en algunos casos, a falta de material bibliográfico en el cual apoyar su descripción, cuando todavía reinaba el caos y la violencia política y social de la posindependencia; el autor apuntaló su trabajo en observaciones in situ de todo lo que veía y escuchaba de primera mano, mientras deambulaba por tierras istmeñas entre 1844 y 1847.

Por tanto, Dunlop tuvo a bien investigar y conocer el entorno natural, así como el pasado histórico inmediato de aquellas regiones; teniendo como punto de partida hechos aislados que sus colegas viajeros hacían sobre particularidades vistas en estos lares, pero sin entrar en el terreno de la información sistemática.

Su formación académica fue nutrida, por lo que no sorprende que, por momentos, Dunlop haga saltos descriptivos desde el campo de la antropología, pasando por la economía política hasta abarcar incluso la geología. Es decir, fue un hijo de su época o sea un hombre de la Ilustración.

A partir de esta nueva entrada, permítaseme compartirle al respetable público lector, algunos testimonios que Robert G. Dunlop logró captar en boca de los mayores de nuestros abuelos; ofreciéndoles datos de sumo interés para todos aquellos interesados en nuestra historia, particularmente la de índole naturalista.

Dado que, en estos tiempos posmodernos, cuando hasta la noticia más trivial debe pasar por varios filtros antes de confirmarse; se ha vuelto imprescindible entender que los fenómenos de naturaleza telúrica no fueron ajenos a nuestros viejos.

Por tal razón, creo que es importante dar a conocer hechos relativos al pasado vulcanológico de nuestra región. Por lo pronto, espero contribuir a que algo de nuestra historia natural deje de ser territorio desconocido a nuestras jóvenes mentes.

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