Por:  César Melgar 

En  el mes de abril se ha conmemorado el día de la Tierra. Momento ideal para reflexionar sobre la fortuna que tenemos los guatemaltecos de vivir y disfrutar en uno de los países megadiversos en el mundo.


Guatemala es un país privilegiado. Y por mucho tiempo llamado “el país de la eterna primavera”, (evidenciado por su clima, sus paisajes llenos de colorido, por su lagos, ríos montañas y celajes). Las generaciones que nos preceden (padres y abuelos), cuentan aquellas historias de sus paseos por los barrancos, en donde veían diversidad de fauna y flora. Pero conforme va pasando el tiempo, las nuevas generaciones ya no ven aquello,  y el ecosistema  se va deteriorando (muchas veces cambiando el entorno verde de sus montañas por caseríos improvisados, sus ríos se tornan en color gris o café acaramelado (según el químico contaminante de turno), y sus lagos amenazados de convertirse en pantanos.


A pesar de estos retrocesos en entorno natural, Guatemala sigue siendo privilegiada. Para el año 2012, el país fue reconocido por las Naciones Unidas como un “país megadiverso”. Esto se respalda con la existencia en el territorio nacional de 10 regiones fisiográficas, 7 biomas, 14 ecorregiones, 66 ecosistemas (41 naturales y 25 intervenidos con actividades antropogénicas) y 14 zonas de vida de acuerdo con el sistema Holdridge. (Conap, 2008). Según el sitio web  http://paisesmegadiversos.org los países megadiversos son aquellos que  albergan el mayor índice de biodiversidad de la Tierra. Estos son principalmente países tropicales. Albergan en conjunto más del 70 % de la biodiversidad del planeta, y 10% del territorio total.  En este selecto club de países megadiversos, además de Guatemala, se encuentran Brasil, China, Colombia, Costa Rica, Ecuador, India, Indonesia, Kenia, México, Perú, Sudáfrica y Venezuela.

A pesar de esta inmensa riqueza natural, toda la sociedad guatemalteca parece tener una terrible apatía, ya que frente a nosotros se están dando grandes catástrofes ecológicas. Entre estas tenemos la tragedia del lago de Amatitlán, que en los últimos años, en el día del comienzo de la temporada de lluvias, recibe en promedio 2,400 metros cúbicos de basura (El Periódico, 24-05-2017). La pérdida de zona afótica (lugar del manto acuático a donde llega la luz del sol) del lago de Atitlán (que en la década de 1970 era entre 16 y 18 metros), se encuentra actualmente en los 5 metros debido a la turbidez del agua (Prensa Libre, 19-03-2017). La pérdida de bosque en Petén, (33% de la superficie boscosa del Parque Laguna del Tigre ha sido destruida en los últimos 30 años), la contaminación del río Motagua, y así, el listado sigue.

Pareciera ser que a pesar de contar con entidades como el Consejo Nacional de Áreas Protegidas, y de las Autoridades para el manejo sustentable de los lagos del país, no es suficiente. La existencia de incentivos perversos, alimentados ya sea por la ignorancia o la ambición desmedida (y por sobre todo, la apatía del resto), hace que nuestros tesoros naturales se vean desprotegidos, echando por la borda el potencial turístico de Guatemala, y amenazando el bienestar de las generaciones futuras. Y allí es donde volvemos a la importancia del consenso y unidad nacional. No continuar con esa línea de polarización ideológica y de estratos, sino unirnos y concebir políticas educativas y de concientización, para condenar la corrupción y otras prácticas que atenten contra la convivencia social.

Afortunadamente, aun se no se llega al punto de no retorno. Se pueden tomar  medidas de contención para poder rescatar lo deteriorado, y posteriormente estas medidas se deben tornar en políticas para lograr que el país vuelva a ser un paraíso en la tierra, con diversidad de flora y fauna cercana a las ciudades y los pueblos, tal como en el tiempo de los abuelos.

 

 

 

 

 

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