María Alejandra Alquijay Aguilar

Por:  María Alejandra Alquijay Aguilar

No sentirse satisfecho con la profesión propia o el puesto que se ocupa en el entorno laboral conlleva a un serio desgaste físico y mental; el cual, dependiendo de la intensidad y recurrencia, puede provocar una seria frustración y depresión en el colaborador. Hay muchas personas que a pesar de reconocer que sufren un desgaste mental, prefieren utilizar el término “desgaste físico” para evitar reflejar debilidad o incapacidad para realizar el trabajo. Sin embargo, no está mal reconocerlo y es bueno reflexionar acerca de ello.


Para realizar una distinción entre ambos desgastes, podemos considerar a un futbolista que desde pequeño, ha sentido mucha pasión por los deportes. A pesar de sentir un fuerte desgaste físico luego de arduos y largos entrenamientos, se sentirá satisfecho luego de cada práctica. Este escenario, podemos contrastarlo con un futbolista que no siente ninguna afinidad por los deportes y los ha tenido que practicar por algún requerimiento u obligación. Mientras que en el primer escenario hay gozo, en el segundo, surgen emociones y sentimientos negativos. 


Cabe mencionar que el desgaste también puede ocurrir por el mal manejo de emociones. Podemos considerar a un colaborador al que se le ofrece un paquete de beneficios salariales al laborar en una empresa y tiempo después de la contratación, los beneficios no se concretan. Una situación como esta sería equivalente a “jugar” con las expectativas del colaborador, el cual, al sentirse “engañado” y mal remunerado; sentirá un mayor desgaste por el trabajo realizado. En aquellas organizaciones en las que el entorno laboral es opresivo y generalmente, no se reconocen los logros individuales y grupales de los colaboradores, las emociones negativas surgen de manera mucho más rápida, lo cual aumenta el nivel de desgaste y disminuye el gozo que se siente al trabajar en dicha empresa. Esto a su vez, provoca un menor nivel de compromiso, productividad y fidelidad hacia la organización.

En otras palabras, mientras menor sea nuestro nivel de satisfacción con el trabajo que desempeñamos, mayor será la cantidad de esfuerzo (físico y mental) que necesitaremos para obtener buenos resultados. Si sumado a ello, hay fuerzas externas negativas, como un entorno laboral no favorable, mayor será el nivel de desgaste. A mayor nivel de satisfacción, menor será el nivel de desgaste incluso en tareas que requieran niveles más altos de dificultad.

Para evitar este proceso de desgaste, primero que nada, es clave conocernos a nosotros mismos. Es decir, tener claridad en cuanto a las fortalezas y debilidades propias para enfocarnos en proyectos en los cuales podamos hacer el mejor uso de nuestros talentos y habilidades. Segundo, rodearnos de las personas correctas. En ocasiones, tendemos a creer que para obtener buenos resultados, debemos hacerlo todo; sin embargo, ese pensamiento está muy lejos de ser verdad. Mientras mejor sea la distribución de tareas en el equipo, mayor será el nivel de gozo por el trabajo realizado y por lo tanto, menor el nivel de desgaste. Tercero, realizar “pausas sanas”. En momentos en los que llevamos un alto número de horas seguidas trabajando en una misma tarea, debemos realizar una pausa y cambiar de actividad. Esto permitirá que nuestra mente se relaje y así, sea posible incrementar el nivel de energía para continuar con la tarea. Cuarto, priorizar y trabajar con una agenda. Mientras más posterguemos las tareas que debemos realizar, más tendremos que apresurarnos al completarlas y menor será nuestro nivel de satisfacción. Quinto, estar conscientes que el trabajo no es un fin, sino un medio para vivir mejor y más felices.

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