Por Alex Castillo, Consultor en Imagen Corporativa

Mucho se ha hablado sobre si las apariencias son un reflejo de la realidad o si realmente se utilizan para encubrir la misma. Es momento de aclararlo de manera técnica, desde la Imagen Pública, disciplina comunicacional que aún es malinterpretada en el siglo XXI, pues la misma se basa en la esencia de personas o instituciones y no en espejismos, como se la ha querido hacer ver.


Partamos de la idea central. Existen tres aspectos centrales en los que se basa la imagen pública: mi esencia, cómo quiero que me perciban (imagen proyectada) y cómo me interpretan (imagen recibida).


La mayoría de las personas tenemos claro que describir nuestra esencia es un proceso difícil, que muchas veces desconocemos quiénes realmente somos y que, además, nos cuesta toda una vida encontrarla.

Pero lo que muchas personas pasan por alto es que, mientras llegamos a esa meta, todos tenemos conceptos intermedios de nosotros mismos; así, en la adolescencia pensamos que somos de tal manera, y luego esa forma de ser va cambiando en la juventud y se sigue transformando en la etapa adulta.  En estas fases tenemos más o menos claro quiénes somos.

Entonces, el proceso de la imagen pública primero consiste en definir momentáneamente esa esencia para cimentar las bases de la proyección que usted, yo, un líder, una empresa, un país quiere tener para conseguir determinados objetivos.

Después, definimos cómo queremos que las demás personas nos piensen, técnicamente denominada imagen proyectada, es decir, ese conjunto de actitudes, palabras, ideas, formas de ser, formas de vestir, acciones y reacciones que vamos teniendo en el día a día y que van construyendo una idea de nosotros en la mente y corazón de los demás.

Pero si no tenemos definida nuestra esencia, entonces recurrimos a forjar nuestra apariencia (o sea cómo me veo), como el único camino para lograr que la gente nos entienda y acepte. Sin embargo, como no sabemos a ciencia cierta quiénes somos entonces vamos teniendo ciertas actitudes exageradas que la percepción de mis audiencias va interpretando como falsas, las cuales hacen que los demás reciban un mensaje equivocado al que realmente quiero trasmitir.

Aquí empieza precisamente el problema, porque estas exageraciones que hacemos muy a menudo realmente son un reflejo de mi realidad, de quién yo soy, pero el dilema radica en que yo, como individuo, trato de hacerlas con mayor frecuencia porque quiero encajar en un determinado grupo, o les gustó a ciertas personas que me piden ser así, lo que provoca que el individuo vaya construyendo una imagen pública (percepción colectiva) que vaya más en la línea para satisfacer a mi público que para reflejar realmente lo que soy y lo que quiero.

Esto último provoca que las personas me interpreten de determinada manera (imagen recibida) que a muchas les gustará pero a otras tantas no, siendo considerado como cool o como falso, situación que se vuelve peligrosa porque si esto se mantiene en el tiempo, entonces provocará que cuando yo tenga una determinada actitud hacia una situación, esa actitud no sea compatible con lo que la gente conoce de mí o cree conocer de mí, que genere un mensaje incoherente y provoque que las personas desconfíen de mí.

He aquí el momento más complicado del problema, pues no solo no cumplí con lo que las personas esperaban de mí, me percibirán definitivamente de una forma errónea (imagen negativa), pues pueden llegar a considerar que siempre fui un falso, sino también interpretar que nunca transmití mi esencia; entonces mi audiencia, ahora definitivamente, nunca llegará a conocer quién soy realmente, pues desconfiarán de lo que SOY, y esto último que puede llegar a destruir mi reputación de manera radical.

Analizando técnicamente a las apariencias, realmente tendrían que considerarse como un reflejo de la realidad, pero como solemos abusar tanto de ellas entonces llegan a generar desconfianza, lo que puede contrarrestarse si enfocamos mejor nuestra visión (percepción) y estamos más al pendiente de los detalles que transmite una determinada persona o institución, esto como una manera de ir conociendo poco a poco su esencia y de entender el mensaje que nos quiere transmitir de fondo.

En conclusión, desde la Imagen Pública, las apariencias no engañan; por el contrario, como dice Eddy Warman: “las que engañan son las expectativas” que nos hacemos de una determinada persona, institución o situación.

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