Por: J. Roberto Dardón L.

Fe de erratas:

En el artículo anterior, les contaba como Dunlop empezó su viaje por el pintoresco paisaje lacustre que tenemos a medio camino entre la ciudad capital de Guatemala y la bocacosta central de Escuintla. Sin más preámbulos, aquí les dejo la continuación.

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―Amatitlán: su descripción y vecindad―Situación del pueblo―Fenómeno volcánico―Integridad de sus habitantes―Variedades de cactus― [Sigue]


“Amatitlán está a seis leguas —o sea a casi 29 km, aunque la distancia real es un poco menos (algo más de 25 km)— de distancia de la capital, [y queda] situada en el rumbo Norte-Norponiente sobre el camino directo a Iztapa —que hoy sería a la CA-9, la RN-3, o sea la carretera vieja a Escuintla y la RD-1—, el puerto de Guatemala en el Pacífico. Este dista [de la capital] a veinte y tres leguas— según Dunlop, algo más de 111 km, aunque realmente sean poco más de 91 km—.”


“Como ya es habitual en la América central, es supuesto camino es meramente un extravío, una vereda sinuosa dentro de lo espeso de los bosques, [que va] cortando árboles y arbustos; pero sin ninguna muestra seria por nivelarlo, desecarlo, o incluso ser librado de piedras y demás estorbos naturales.”

La cuesta desde [la ciudad de] Guatemala hasta la parte alta del valle de Amatitlán es gradual pero continua. Pero antes de entrar en aquella angostura, es necesario bajar por un cerro [muy] escarpado—aquí describe claramente la antigua carretera a Amatitlán, que cortaba por la mitad el cerro de El Filón, donde hoy se encuentra el parque nacional Naciones Unidas—; tal y como se ve en lo escabroso de los montes circundantes, con excepción del desaguadero por donde el río desfoga, [que es, por cierto,] bastante estrecho.”

“Algo que [considero] notable es que, a medio camino de aquel paraje, su parte más extensa está ocupada por un lago de tres y media leguas — casi 17 km —de largo, con media legua —casi 2.5 km—de amplitud.”

Hoy sabemos que aquellas dimensiones disten de ser exactas, pero la imposibilidad para que los lectores anglófonos visitaran nuestro país en aquellos tiempos, obligaba a considerar estimaciones aproximadas en este y otros casos de igual naturaleza. De allí la importancia global que tenían las relaciones de viajes echas en el pasado ya que, de ellas, emanaba el interés de potenciales inversiones capitalistas, provenientes de países en plena carrera industrial. Pero mejor sigamos con el relato, pues a continuación nos ofrece unos datos interesantísimos:

“En ciertos puntos, el fondo de la cuenca lacustre no puede tocarse. [Sobre este hecho] tengo pocas dudas de que todo el valle de Amatitlán, así como su lago fueron —en algún período [remoto]— sitio de un inmenso volcán; que voló en mil pedazos a causa de una extraordinaria convulsión [prehistórica].”

Todo el estrato [que se ha] formado [en] los flancos de las peñas circundantes se encuentran cortado en forma perpendicular; y tienen exactamente la apariencia de los respiraderos de [distintos] cráteres volcánicos, que he examinado en [el continente americano]. [Por lo general] se pueden encontrar cantidades inmensas de pumita —comúnmente llamada piedra pómez— flotando en algunas partes del lago, [que pueden hayarse] tendidas en sus orillas.”

“Aquello forma, en cierto sitio —que, por desgracia, no llega a precisar el autor de estas memorias—un segmento considerable de suelo, que tiembla y se estremece antes [el mero intento de] cualquier persona por pararse en su superficie. En realidad, todo aquello es un promontorio flotante, [que se ha] formado con el acopio extraordinario de [dicho material].”

[Dicha acumulación] es mucho más ligera que el agua, [tal y] como fácilmente se demuestra, arrojando al agua cualquier [trozo] de pumita, que yacen en las orillas. Lo curioso es que lejos de hundirse, flotan como un corcho.”

“Dos arroyos entran en el lago, y un río considerablemente más grande que los [otros] dos unidos, desagua del [lago]. La temperatura de este último [río] es muchos grados más alta que los anteriores.”

Indudablemente Dunlop describe las desembocaduras de los ríos Mico y Villalobos —que realmente no califica como arroyo— asimismo la boca del Michatoya, el drenaje natural del lago de Amatitlán hacia la costa del Pacífico. Lo que refiere a su temperatura puede explicarse por el hecho que aquel río discurre al pie de la ladera oriental del macizo del Pacaya, —al que dedicaremos algunas líneas más adelante—; cuya actividad volcánica se ha registrado por casi quinientos años.

“En los alrededores de la orilla [al Poniente] del lago y del [cauce superior] del [Michatoya], brota agua hirviente, [de cuyas fuentes] emanan grandes volúmenes de vapor [cuales surtidores] y no me caben dudas que haya muchos más [dispersos por todo] el lago.

“Aunque [aquel] río [es similar a] los riachuelos ingleses de segunda categoría, las temperaturas en sus cuencas fluvial y lacustre son, permanentemente, de muchos grados superiores a la atmosférica.”

“De ese modo que, para que el bañista [consiga los] efectos [benéficos] de un chapuzón tibio, [debe hacerlo] temprano en la mañana, cuando el aire es más fresco, [y aun asi el agua] se siente bastante caliente.”

Por eso, resulta lógico pensar que las altas temperaturas al interior de aquel coloso llegan hasta el subsuelo, que sirve de base al lecho fluvial; de consiguiente la existencia y abundancia de manantiales de agua termal en aquel sitio y sus alrededores.

“Encontré que la temperatura del lago era de 93°F —o sea, casi llegando a los 34°C—, mientras que, simultáneamente, la temperatura promedio del aire durante 24 horas fue de 79°—pasados los 26°C —; [quedado así demostrado que] la temperatura de esta cuenca hidrográfica elevóse 14°F—8°C— [sólo] por [la presencia del] calor volcánico.”

En algunos montes de la orilla Norte […], descubrí varias grietas que expulsaban grandes cantidades de vapor a temperaturas elevadísimas, [al punto que por querer examinarlas me] quemaron [una] mano. No obstante, cabe resaltar que [hay] una sucesión de [ciertos] musgos y plantas acuáticas que afloran de las aberturas [en el suelo]. [Lo curioso es] que [aquellos organismos] no parecían sufrir [por] el calor, [que es] equivalente al agua hirviendo.”

Como no soy experto en la materia y mis conocimientos sobre biología de geiseres son exiguos, me limitaré a plantear una duda —para cualquier lector con mayores y mejores conocimientos que los míos—: Las vagas referencias que Dunlop de la vida presente en las fumarolas de Amatitlán, ¿acaso puedan tratarse de esteras bacterianas compuestas por organismos de tipo termófilo o hipertermófilo, —como los geiseres de Yellowstone (EE. UU.), El Tapio (Chile) o Haukadalur (Islandia)— en esta cuenca lacustre tan cercana a la ciudad capital. El testimonio de los vecinos amatitlecos también es más que bienvenido para confirmas si aún existen estos curiosos e interesantes fenómenos geobiológicos. Continuemos con lo escrito por Dunlop:

“[Aquel] pueblo o, —como debe llamársele, por mandato del gobierno estatal— «ciudad» de Amatitlán se sitúa aproximadamente, a un cuarto de legua—poco más de un kilómetro— por debajo del [punto más alto de aquel] valle del lago, a cuyo lecho las diferentes partes [de las que haya información], pueden estar entre cincuenta—casi 15.25 m— y cien pies—casi 30.50 m—[de profundidad].”

Dunlop también hace una breve descripción de los materiales y espacios que componen la vivienda del pueblo amatitleco, y algo de su forma de vida por aquellos tiempos.

Se dice entre los vecinos, [que aquel pueblo] tiene 20,000 pobladores, pero [no es más que] una estimación aproximada, [por lo que] no me convenzo de calcularlos más allá de la mitad de dicha cifra.”

“Las casas están […] dispersas, [y] ninguna tiene más que una sola planta. [E]stán construidas principalmente de [ladrillos de] barro [sin cocer]—conocidos antiguamente como adobes—.

[Para producirlos, la arcilla debe ser] colocarla en una caja de madera con el [mismo ancho] que las paredes, [para luego ser] golpeada con fuerza con un mazo de madera [buscando darle consistencia].

[Aquel molde adobero] después de moverlo de un lugar a otro, [libera el bloque para secarlo en un patio amplio].

[Con los adobes producidos, se levantan los muros] hasta alcanzar la altura y dimensiones deseadas.”

“[En] cada casa existe un gran patio [en cuya] adyacencia existe un sembradío de cactus—que en caso particular era el nopal—. Sus hojas —o pencas— se cortan y se extienden en cobertizos, largos y estrechos, [donde se preserva] al insecto [localmente llamado cochinilla durante] la temporada de invierno.”

“El suelo [de aquel valle] está compuesto de materia volcánica, en muchas partes se mezcla con pavesa enteras—del tipo de piedra que se usa para decoración de jardines—, grandes moles de lava, piedra pómez y piedras de sapo—también llamada bufonita—.”

(Continuará)

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