Por: J. Roberto Dardón L.

Fe de erratas:

En el artículo anterior, mencioné erróneamente que Robert G. Dunlop recorrió Centroamerica durante dos años, entre 1845 a 1847. Me excuso corrigiendo que el aventurero británico llegó a principios de abril de 1844 a la región. Por tanto, su viaje por tierras istmeñas duró algo más de tres años.


Aclarado lo anterior, Dunlop continúa relatándonos algunas noticias curiosas de su visita al valle de Panchoy, en el altiplano central de nuestra patria. Aquí se localizan algunos de los colosos volcánicos más característicos del paisajismo guatemalteco; asimismo la amplia variedad de poblaciones añejas, que hoy son concurridas por el turismo externo al país. 


Seguramente buena parte de lo compartido anteriormente sea de dominio público, pues muchos de los datos son propios de la tradición oral de nuestros mayores, aunque otros, no fueran tan obvios (como las nevadas en las cimas volcánicas); puesto que constituyen eventos ocurridos en momentos muy concretos de nuestra historia y que, con el pasar del tiempo y las generaciones, han quedado en el olvido.

Aquel valle, también conocido como el Tuerto, fue el escenario contemplativo para nuestro viajero relator. Siempre tomándose su tiempo, hace una interesante relación sobre las circunstancias en que la Antigua Guatemala fue azotada por los sismos de 1773 y su forcivoluntaria desolación.

De aquel suceso histórico —conocido por cualquier chapín medianamente instruido— han surgido muchos mitos. Dunlop los atribuye a la fértil imaginación hispánica, donde existe una supuesta relación causal entre volcanes y terremotos.

Semejante cualidad —parafraseando al explorador escocés— reflejaba un patrón cultural común, aun presente en otras ciudades hispanoamericanas visitadas por mi tocayo con anterioridad; que, a pesar de localizarse en distintas latitudes, siempre daban por hecho el mismo razonamiento alrededor del fenómeno telúrico.

Sin embargo, como buen estudioso del detalle, Dunlop profundizó mas allá de la tradición oral que le narraban sus posibles entrevistados. De esta forma, pudo adentrarse en el terreno de los hechos documentados. El joven emprendedor encontró, seguramente en archivos públicos y privados, razones y consecuencias más mundanas para justificar el faraónico traslado de la capital de Panchoy a La Ermita.

Dunlop estimó —con certero criterio economicista— que buena parte de las motivaciones y consecuencias al llevar a cabo el traslado fueron en lo sumo pragmáticas: podemos mencionar la potencial especulación de la propiedad inmueble, por parte de grupos interesados en la desamortización de los bienes a manos muertas; el desmantelamiento de viejos edificios para reciclaje en el nuevo ámbito —que obligaba la disposición de cada carreta existente para los fletes— y la pasiva pero firme resistencia de los súbditos más pobres para abandonar tierras tan fértiles.

Contemplando aquella urbe en ruinas, Dunlop escribió que de aquel panorama “se desprendía una majestuosa decadencia”; por la ironía que —para aquel momento— los templos y palacios más suntuosos albergaran a los panza-verdes más humildes, que vivían de tapiscar la grana en las nopaleras, que, igualmente, se cultivaban dentro de las ruinas. Al igual que su descripción sobre la Nueva Guatemala, el capítulo antigüeño también merece una descripción pormenorizada para otra ocasión.

―Amatitlán: su descripción y vecindad―Situación del pueblo―Fenómeno volcánico―Integridad de sus habitantes―Variedades de cactus

Sí bien este capítulo trata ampliamente sobre la revuelta ocurrida el 2 de abril de 1845 en la ciudad de Guatemala, dejaremos aquel tema en el tintero por estar fuera del contexto narrativo. Lo importante, en todo caso, es que aquel cuartelazo contra el joven e inquieto Rafael Carrera —quien ya ostentaba el título popular de caudillo adorado por los pueblos y más aún, temido por las refinadas e ilustradas élites capitalinas—, pudo ser conjurado, no sin dificultad.

Para entonces, Dunlop se encontraba de regreso de Sonsonate por el viejo camino real hacia Acajutla y San Salvador. Aquel itinerario era una visita previa a los relatos compartidos en artículos anteriores, ocurridos dos años después.

Vale la pena recordar que nuestro compañero de relatos viajeros, ya era caminante asiduo de aquel trecho de arriería; pues, constantemente debía encargarse de sus negocios —entablados en ambos lados del río Paz— para los que había venido, en primer lugar, a Centroamérica.

En aquella ocasión, su viaje se realizó en plena época de lluvias y que, por ignorar el comportamiento de la temporada en Guatemala, los aguaceros lo tomaron por sorpresa.

 “El trayecto de ida y regreso [por el viejo camino real a Acajutla] se desarrolló entre 23 de abril al 21 de mayo [de 1845], cuando el señor Skinner nuevamente me recibió en su casa en Guatemala, donde permanecí mientras no encontrara alojamiento adecuado dentro de la ciudad.”

“El día 23 de agosto [de aquel año] me aproximé a Amatitlán, donde permanecí hasta el 24 de abril―1846―, la mayor parte del tiempo absorto en la administración de una finca de cochinilla.”

“Siendo [yo] el primer súbdito británico en residir en Amatitlán [debo dejar constancia de algunos datos interesantes]. Aunque este distrito centroamericano sea uno de los [parajes] más encantadores, [también es] de los menos conocidos por los extranjeros. Por esta razón debo hacer una descripción sucinta de [su geografía física y humana], asimismo del cultivo de la grana que —hasta donde tengo conocimiento— no ha sido correctamente descrito en la lengua inglesa.” 

(Continuará)

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