Por: J. Roberto Dardón L.

La idea de escribir sobre el vulcanismo centroamericano tuvo una simple motivación. Los trágicos sucesos ocurridos el año pasado, por estas fechas, en la bocacosta central de la República de Guatemala tuvieron una impresión que sigue indeleble en este servidor. Luego de aquello, tuve curiosidad de cómo fue la reacción de testigos directos o indirectos pues, a diferencia de como llegaban el mismo tipo de noticias en el pasado; en la actualidad podemos presenciarlos en tiempo real, gracias a los avances tecnológicos y el poder democratizador de las redes sociales. Por lo mismo, quise dar breves referencias sobre la materia. No obstante, noté que, para tan siquiera vislumbrar los hechos, me vi en la necesidad de ampliar la información hasta convertirla en artículos más o menos detallados de un cuadro general. De allí lo prolijo en las entregas anteriores.

Como es de esperarse, lo ofrecido a continuación, no es más que el filtro empleado por nuestro amigo británico Robert Glasgow Dunlop, para retratar sus amplios paisajes mentales; siempre sin perder de vista que la tarea debe ceñirse a los datos relacionados a la vulcanología y el montañismo, en esta última parte del viaje centroamericano de Dunlop. De allí queda justificada la extensión de las entregas pasadas, que han sido posibles gracias a la generosidad del equipo editorial del diario digital PERSPECTIVA.


Por eso aquí, retomo el hilo narrativo de las peripecias de mi tocayo, en sus visitas a diversos colosos volcánicos hasta llegar, finalmente, a tierras guatemaltecas.  Al llegar a la Nueva Guatemala de la Asunción, nuestro amigo conoció una ciudad que tenía 70 años de existencia. La ciudad capital era algo así como un pueblo grande, de acuerdo con nuestros parámetros modernos, pero para viajeros como Dunlop era la urbe más decente entre ciudad de México y Panamá. Lo curioso del caso es que, sin saberlo, Guatemala sería la última escala de aquella travesía centro-americanista. Aquel largo viaje al istmo centroamericano, lleno de curiosas aventuras, tuvo como destino final nuestro país, ya que jamás regresaría a su patria escocesa.


De cómo era el alojamiento para forasteros en la ciudad de Guatemala.

Desde su llegada a suelo centroamericano en 1845, hasta su ingreso a la capital del Estado de Guatemala —dos años después—, Dunlop había realizado una travesía aproximada de 130 leguas ―casi 630 km― por las rutas de arriería. Los caminos mulares eran pésimos, especialmente en época lluviosa, por lo que no fue raro que los viajes se vieran obligados a usar extravíos poco transitables pero muy peligrosos; enfrentándose no sólo toda clase de forajidos, sino que también aguantando los abusos de la “autoridad competente”.

El cuadro aquí retratado podría acomplejarse más, sí pensamos en lo mal que la pasaban los viajeros durmiendo en verdaderos cuchitriles, compartiendo los cuartos con gentes indeseables e infestados por cuanto bicho y animal rastrero podamos siquiera imaginar. Cualquier epopeya semejante, justifica la pérdida del sueño, la tranquilidad y el apetito de cualquier mortal, acostumbrado a una existencia decente; más no lo fue para Dunlop. A pesar de las penalidades, aquel inquieto personaje demostró tener un verdadero espíritu de trotamundos empedernido.

Aun gozando de las energías propias de la juventud, las fatigas y angustias acumuladas durante su larga caminata desde el puerto de la Unión, terminaron por pasarle factura a nuestro viajero. Dunlop terminó postrado por la fiebre al siguiente día de su llegada —es decir 28 de febrero de 1847— a aquel miserable mesón anexo al guarda viejo de Mixco. Por lo visto, pasó encamado al menos durante dos días.

En sus memorias, Dunlop se queja de su guía caminero, “[…] un viejo miserable y charlatán, que fingía ser su sirviente sin realmente serlo”; pero que, para su desgracia, termina arrimándosele, ante el prospecto de ver premiados sus buenos oficios como criado. De esas cosas que puede llegar a ocurrirle a cualquier turista desprevenido.

En aquel tiempo los viajes eran tan duros, que cualquier prenda terminaba convertida en harapos. Por eso no es de extrañar que los extranjeros adoptaran rápidamente el vestuario local.

He allí que leamos que Dunlop acabó “envuelto en un poncho […] para [así] mitigar la inclemencia de la temporada”; lo que hace pensar que, al menos en Guatemala, el clima era gélido a principios de año. Aquel pasaje nos recuerda la usanza de aquella pieza —en buena parte de la región mesoamericana— hasta hace menos de un siglo, particularmente entre la gente humilde.

A todo esto, nuestro amigo viajero continúa diciéndonos que el supuesto sirviente “terminó siendo tan malo […] en su carácter moral […] como en su apariencia, llevándole un desayuno bastante pobre [compuesto de] agua de café, frijoles negros mal-cocidos y trozos de carne de cerdo, refritos en [su propia] manteca rancia.” Tal parece que la dieta alta en grasa y carbohidratos no ha variado mucho en la gastronomía chapina, aunque con el tiempo y la mejora de nuestra producción alimenticia; se ha visto beneficiada por la variedad y creatividad de nuestra cocina típica.

Siguiendo su inconformidad, Dunlop nos relata que “recibir servicio en aquel mesón requería de mucha paciencia, [teniendo que esperar durante] una hora por el primer plato [antes descrito] y [hasta] dos horas más [para recibir] un par de huevos duros y una hogaza de pan.” Considerando estos prospectos de atención al cliente, ¿qué piensan Vds., respetable público lector, del servicio de restaurantes en la actualidad?

Durante su estadía en aquel lugar señala algo muy presente en la opinión pública y que, para la buena salud de nuestra industria turística, afortunadamente ha cambiado. Aquello es la actitud de los anfitriones con la clientela: “con sus comentarios, quien me llevó el ultimo plato demostró el poco o nulo sentido de hospitalidad local hacia los forasteros”. En ese sentido, parece que hemos logrado mejoras en la atención al visitante de fuera, más aquella alusión demuestra que aquello era la excepción y no la regla en la Guatemala de mediados del siglo XIX.

En aquella misma ocasión —siempre en aquella posada de mala muerte— rodeado de granujas, Dunlop señala que —en lo que consideraba como una verdadera ofensa al gusto— “la mujer que nos trajo [la comida] estaba [tan] resentida por no haberle permitido embadurnar [los huevos] con la dichosa manteca de cerdo, que no pudo evitar externar [su irritación]: “que jeute(sic) san(sic) los ingleses!” (¡Qué personas tan raras son estos ingleses!, según la traducción). Debo aclarar aquí que, el adjetivo “inglés” aplicábase en la América central poscolonial a todos aquellos extranjeros sin importar su origen o lengua, excepto —como es de esperase— a los españoles.

Luego de aquella comida tan infame para el paladar de los británicos, Dunlop continúa escribiéndonos que “siendo [aquel día] domingo —curiosamente 29 de febrero—, fue anunciado con un extraño repique de campanas, sin dejar fuera los petardos y un gran bullicio en las calles.” Ya dentro de la ciudad, Dunlop nos cuenta que, por tratarse de una población importante, llegó referido del exterior.

Por eso, buscó asearse y arreglarse hasta donde lo permitieran las circunstancias, para luego dirigirse y presentarse ante el Sr. George Skinner. Aquel era representante de la Klee, Skinner, & [Hall] Company, una de las primeras y más importantes casas comerciales con capital extranjero en Guatemala.

Como en aquellos tumultuosos tiempos era tan poco común que llegaran viajeros con la estampa y las credenciales del joven Dunlop, aquel comerciante —curiosamente paisano de mi tocayo—lo recibido con aparente efusión. Incluso, extendió su hospitalidad a ofrecerle alojamiento en la sala en su residencia. Tan sólo de pensar en el mísero mesón, nuestro viajero favorito aceptó gustosamente.

Aquel ofrecimiento le abrió las puertas no solo al minúsculo cuerpo diplomático, sino que también a la presencia de las familias prominentes de aquella vieja sociedad guatemalteca, ya desaparecida entre relatos de visitantes y aventureros.

(Continuará)

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