Por: J. Roberto Dardón L.

Les ofrezco la siguiente entrega sobre el ingreso del viajero escocés Robert G. Dunlop, cuando entró a Guatemala a principios de 1846. El inesperado panorama que el aventurero británico pudo constatar del otro lado del rio Paz, viendo hacia el lado guatemalteco; no pudo menos que sobrecoger sus sentidos y, quizás, poner en duda sus expectativas sobre que encontrar en aquel país que tenia por delante.

 ―Ingreso al [Estado de] Guatemala―


En lugar de prolongarse aquella boyante y pintoresca campiña salvadoreña, la vista del escocés topóse en cambio, con un panorama áspero y escabroso en la orilla opuesta de aquel río limítrofe.  En este punto, Dunlop concluyó que “la naturaleza misma era la que determinaba la separación entre países, más que la obra y gracia del hombre.”


Con esto, el pequeño grupo de viajeros se adentró por aquella desolada región, que por mucho tiempo fue conocida coloquialmente como La Montaña; aunque, desde tiempos inmemoriales, su designación histórica ha sido Mita.

Pero al penetrar en tierras guatemaltecas, las trasformaciones no sólo se limitaron al plano físico, pues en el ámbito sociológico, nuestro guía de viajes tropezó con una inesperada sorpresa. Mientras buscaba alojamiento, en lugar de recibir el típico y hospitalario “¡cómo no!” ―tan usual en las poblaciones rurales del interior centroamericano― se toparon con un tajante “no hay ‘onde(sic)”.

En este sentido, debo admitir mi desconocimiento sobre el estado de la psicología colectiva en las poblaciones orientales de Guatemala anterior a 1837, cuando se desató la violenta revuelta de los cachurecos. Sin embargo, aquella respuesta tan lacónica daba a entrever que, luego de años de anarquía en el área rural, los efectos de terror y la brutalidad entre los bandos encontrados.

La guerra habrá dejado una huella profunda de desconfianza en aquellas gentes sencillas hacia todo forastero, particularmente aquellos que relucieran cuanto acento europeo nos podamos imaginar. Por eso nuestro cronista de aventuras hace una descripción poco amigable de aquellas poblaciones, tan rústicas a su parecer, como copartícipes de la naturaleza agreste y sombría de aquella región del Oriente guatemalteco.

Aquellas las memorias ―aunque por momentos escuetas―, reflejan la inquietud de Dunlop por recorrer el viejo camino real desde Acajutla hacia la Nueva Guatemala. En resumen, aquel trayecto comprendió partes de las rutas nacional n°. 2 y n°. 22 (Presciª. Rep: 1940, Tip. Nac.), tradicionalmente conocidas como la “carretera a El Salvador”. Aquel tramo, como ya dijera antes, corresponde a buena parte de la carretera interamericana.

Pero regresando a 1846, con todo y lo escabroso y yermo del descampado rural, aquel difícil itinerario era paso obligado para todo viajero. La ruta implicaba peligros no sólo por su terreno quebrado e intransitable durante la temporada de lluvias, también se complicaba por los riesgos que acechaban aquellas soledades.

Había partes de camino sumamente peligrosas, pues la naturaleza fragosa y las circunstancias políticas originadas años antes, propiciaron el caldo de cultivo para que el bandolerismo proliferara en forma endémica en toda la región oriental. Las alternativas eran escasas, pues obligaban a enfrentarse a la feracidad selvática de la costa Sur, por lo que había que dar un gran rodeo fuera de Mita que; para 1846 todavía estaba sujeta al proceso de pacificación.

El itinerario seguido por Dunlop fue desde la frontera hasta la ciudad capital, cubriendo una distancia aproximada de 30 leguas ―casi 141 km― y pasando por diversas poblaciones, que en la actualidad todavía existen, aunque con una toponimia sensiblemente variada.

Desde aquel poblado del valle de Jalpatagua hasta la Nueva Guatemala encontramos que las aldeas y caseríos encontrados tenían nombres un tanto curiosos. Para salir de aquella llanura, debían alcanzar “la Cuesta del Leon(sic)―o cerro del León, según la traducción inglesa― la subida más empinada en medio del bosque nativo, celebre como guarida de ladrones […]”. El primer villorrio se encontró “en un profundo barranco con piedras muy perpendiculares llamado la Oratoria(sic) o el Colleja de Sylva(sic)”.

Aquí hay que corregir a Dunlop, puesto que ambas son poblaciones distintas. Según el Diccionario Geográfico, la Cuesta de León corresponde a la actual cabecera municipal de Oratorio; mientras que el Callejón de Silva ―también mencionado en otras crónicas de viaje―, en la actualidad correspondería a la aldea El Molino, situada al pie de la quebrada del Zapotillo.

En aquel lugar de Colleja de Sylva(sic), el escocés nos cuenta que era un “pueblo de arrieros [que estaba] situado en una quebrada estrecha dentro de las montañas” que, por dicha ubicación, prestaba un servicio indispensable para el comercio regional. Era tal su importancia estratégica en el trasiego de mercancías, que aquellos aldeanos “podían, si se requería, disponer de más de quinientas mulas en su conjunto […] para sacar los géneros producidos en Guatemala hacia [el puerto de] Acajantla(sic) […] trayendo a su vez el azúcar de Santa Ana y Ahuachapan(sic)”.

En horas de la tarde del 24 de febrero, Dunlop continuó su viaje “por un bosque [tan] denso, que no había sido tocado por la mano humana, aunque la cantidad de arroyos rompían aquellas soledades. En horas del ocaso, [la pequeña caravana] pasó sobre el que [mi tocayo] suponía era el único puente erigido por los españoles en aquel país”.

Dunlop había “alcanzado elPuello(sic) de Esclavos”. Aquella población ―donde pernoctaron―, aunque ínfima, tenía la particularidad de estar emplazada en “un hermoso valle regado por aquel río”; en cuya vega se salvaba el paso mediante uno de los pocos vestigios de infraestructura vial en la Centroamérica hispánica.

Hasta la fecha aquel viejo puente, construido por el muy noble Cabildo de Santiago de Guatemala, tiene 427 años de servicio.

(Continuará)

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