Por: J. Roberto Dardón L.

Con esta entrega, doy por concluida los hechos narrados por Dunlop al ingresar por el antiguo camino real a Guatemala. En la próxima quincena retomaré el hilo narrativo de estas cuartillas, en el que describiré las aventuras de aquel atrevido escocés, para conocer algo de la naturaleza volátil de nuestros volcanes.

De momento, regresemos a la entrega anterior, mientras Dunlop y su acompañante salvadoreño se preparan para abandonar aquel caserío de los Esclavos.

Luego de pasar la noche en “la choza que servía de cabildo, aquel edificio público [que siempre está] presente en todas las poblaciones españolas [de Centroamérica, pero que también se emplea tanto] como alojamiento para los viajeros, juzgado [como] sala de audiencia municipal, &ª. […]”; los caminantes salieron al rayar el alba del 26 de febrero de 1846.

Llegaron temprano a la villa de Cuajinequilapa ―la actual Cuilapa Dunlop nos escribe que “[…]era la mayor población entre [la Nueva] Guatemala y […] Ahnachapau(sic)” ―o sea Ahuachapán―; aunque hace notar que “la única casa decente […]” pertenecía al inspector local de mercaderías, quien por sus buenos oficios “prevenía la introducción clandestina de cualquier producto [en] la aduana de [la ciudad de] Guatemala”.

Luego de “pasar por el Corral de Araña ―quizás refiriéndose a San Juan de Arana pudo “alcanzarse una ranchería llamada el Corral de Piedra ―hoy mejor conocida como Barberena―, “donde pararon para almorzar.” Al reanudar el viaje “pasaron por una magnífica planicie, que contenía un hermoso lago” ―realmente laguna―; “[y que eran] propiedad de uno de los más grandes terratenientes de Centroamérica”. En aquel sitio, hallaron alojamientos decentes, [probablemente] por tratarse de una extensa hacienda ganadera.

Aquella región, antes rica y próspera, había venido a menos varias décadas atrás, hasta el punto de que “aquel paraje se llamaba Mal Pays(sic)” ―donde hoy se ubica la aldea El Cerinal “a cuyo término se situaba […] el Borsque(sic) de Ladrones”. Aquel bello paraje de siniestro nombre, era todo lo que hoy comprende la laguna del Pino y el cerro Redondo.

Llegando a este punto de narración hay cierta confusión, dado que el rincón conocido por “Los Arcos” se confunde con el casco de la finca Serro(sic) Redondo al pie de dicho accidente orográfico―.

En la descripción hecha en el suplemento del Diccionario Geográfico antes citado (Ed. del Ejército: 1972) la ubicación de “Los Arcos” no sólo coincide con la vista panorámica que se aprecia desde el km. 9.5 sobre el viejo camino a El Salvador ―hoy ruta de Muxbal―. También porque es allí donde se sitúa el ojo de agua del rio Pinula, de cuyas fuentes captábase el vital líquido que hasta 1935 se conducía por el conocido acueducto de calicanto del período tardo-colonial.

Pero regresando a la ruta partiendo del Serro(sic) Redondo, el ascenso desde aquel inhóspito valle ―parafraseando la impresión que en Dunlop causaron sus vecinos―, resulto sinuoso y monótono; “hasta pasar por el caserío de Los Verdes(sic)” ―indudablemente hablando de la actual Fraijanes― y la muy conocida hacienda de Crasola(sic) ―el heroico, pero históricamente olvidado rincón de Arrazola―.

Aquellos viajeros entraron al valle central el 27 de febrero de 1846, luego de bajar por el empinado extravío ―que hoy conocemos como camino de Muxbal― desde la sierra de Canales, hasta llegar al caserío de Los Arcos (mencionado antes en estas mismas cuartillas). Para este momento nuestro compañero de viaje llegó al primer pueblo importante de aquel inmenso territorio: el pueblo o “villa” de Guadalupe.

A lo largo de aquella cuesta Dunlop pudo observar “la hermosa campiña [donde se asentaba] la ciudad de Guatemala, de cuyas numerosas iglesias, vistas entre aquella espesura boscosa, ofrecen un espectáculo magnífico”.

A pesar de ser época de aguaceros mi tocayo Dunlop pudo apreciar “una llanura ondulada [totalmente] desprovista de cultivo, aunque recubierta por un herbaje muy fino, donde se encontraban apacentando grandes rebaños de ganado […]”. De acuerdo con lo investigado sobre el tópico, puedo dar fe que Dunlop estaba haciendo el recorrido desde la villa de Guadalupe hasta llegar al crucero de caminos del Guarda viejo de Mixco―hoy mejor conocido como El Trébol―.

Hasta mediados del siglo XIX buena parte de lo que hoy comprenden las zonas 8 y 9 capitalinas, fueron potreros de varias fincas allí existentes. No obstante, en tiempos de la visita de Dunlop a Guatemala, aquellos parajes tenian moreras ―o sea granjas para la producción del gusano de seda―. Tanto el historiador Manuel Rubio Sánchez ―en su ensayo sobre la “Historia del cultivo de la morera […] en Guatemala” (AGHG: 1984) ― como el célebre don Pepe Milla y Vidaurre (en su novela histórica “Historia de un pepe” ―Ed. Goubaud y Ciª: 1892―) no han dejado relatos más precisos de aquellas praderas. Cuando aquel emprendimiento sericicola fracasó, aquellas propiedades tan extensas fueron destinadas posteriormente al cultivo del café.

Regresando a lo consignado por mi tocayo ―quien curiosamente no menciona nada de lo anterior― finalmente nos cuenta que llegó a “la puerta llamada Guardia Provincial poco antes del anochecer” del 27 de febrero.

Por lo visto, aquellos viajeros tomaron la ruta hacia el hoy desaparecido Guarda Viejo ―donde hoy se encuentran las subestaciones 112 y 114 de la PNC―. Si en efecto fue ésta la ruta, entonces Dunlop hizo el camino que diariamente recorren miles de vehículos, desde la cuchilla de la 20ª. Calle y Diagonal 6 de la zona 10 hasta subir, con rumbo Norte, por el crucero o viaducto del Trébol.

Entradas las horas del ocaso, Dunlop buscó desesperadamente algún tipo de alojamiento sin mayor éxito. Por tal razón, tuvo que caer forzosamente en “una de [aquellas] casas públicas [tan] miserables llamadas mesones, que sirven de estancia para arrieros y buhoneros indígenas”.

En su triste recuento, Dunlop narra como aquel sitio se encontraba desprovisto de las comodidades mínimas para los viajeros del Viejo continente, sin contar siquiera con “aquel lujoso mueble europeo [llamado cama]” teniendo en su lugar “[…]un cuero de buey sin curtir, estirado sobre un marco ―supongo que hecho de madera― para así pasar la noche.”

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