Emprender un viaje a 1970 es posible leyendo La casa de huéspedes (2017), novela de Mario Mérida que describe minuciosamente la época y sus personajes, pero además recrea algunos de los principales hechos históricos de un año decisivo para el desarrollo del conflicto armado interno.

Roxana Orantes Córdova

Hace 50 años, la capital guatemalteca era una pequeña ciudad donde abundaban las casonas estilo colonial, con sus grandes patios y jardines en medio. La mayor parte de la actividad político económica del país se centraba en la zona 1, destino para una generación de jóvenes conocidos como “pueblerinos”, quienes migraban a la ciudad con dos objetivos muy claros: obtener un título universitario y trabajar. Muchos de ellos formaron familia y “echaron raíces” en la capital.

En aquella época, no era tan complicado como hoy establecer una amistad “para toda la vida” después de algunos minutos de plática. Sin la tecnología actual y con la televisión funcionando en horarios limitados, se dedicaba tiempo a la lectura, las caminatas y la conversación.

Sin embargo, en medio de un escenario que podría parecer idílico, Guatemala vivía una situación convulsa. El enfrentamiento armado interno es uno de los hilos conductores en la trama de esta ficción que también tiene mucho de crónica, cuyo narrador es Pablo, un veinteañero recién llegado de Escuintla que describe sus primeros seis meses en la capital.

Al hacer su balance de ese primer medio año, el narrador dice: “Llegué a la conclusión de que había avanzado más de lo esperado, por suerte o por las oraciones de mi madre”.

La casa de huéspedes (2017), es la primera novela de Mario Mérida, oficial militar retirado, periodista, escritor y docente universitario. Anteriormente, Mérida ha publicado Testigo de conciencia: periodismo de opinión documentado (2000), Venganza o juicio histórico y La historia negada: compendio acerca del conflicto armado interno en Guatemala (2010).

Violencia, libros y gastronomía: elementos que retratan una época

En la Guatemala del 70 era posible que un profesor idealista (finalmente convertido en guerrillero), y un presunto agente judicial fueran compañeros de vivienda y aventuras. Ambos huéspedes de la misma casa, forman parte de un grupo de amigos y huéspedes en la misma casa.

El grupo está formado por una mayoría de jóvenes de diferentes departamentos que comparten sueños, aventuras y conversaciones en el jardín de la casa, administrada por la silenciosa Rosaura, quien cuida maternalmente a todos los huéspedes aunque al final aporta un elemento  inesperado. La dueña de la casa, Pilar, es una española que aparece como personaje secundario, cediendo el protagonismo a la laboriosa administradora y cocinera de origen indígena.

La gastronomía, los libros y la violencia subyacente son tres elementos relevantes en esta obra. Sumado a los personajes y sus aventuras, este es un trío que completa el retrato de una sociedad y una época cuya principal característica fue la paradoja: por un lado, los jóvenes que realizan convivios domingueros y caminan tranquilamente hacia sus empleos, y por otro lado, el temor a poseer un libro “peligroso” o pronunciar una frase inadecuada.

Es muy conocido que la comida es un componente indispensable en la identidad de una nación. Y en este libro es posible conocer parte de nuestras raíces con la descripción de los platillos que consumen Pablo y sus amigos.

Así como los alimentos retratan a una nación, las lecturas pueden retratar a un individuo. Pablo llega a la capital con un texto de José Milla en la maleta, y muy poco después comienza a tener contacto con algunas lecturas peligrosas para la época. Además, su jefe le obsequia un ejemplar de El Quijote.

En cuanto a la violencia, en más de un pasaje encontramos a una ciudadanía asediada por las acciones de la insurgencia y al mismo tiempo, con miedo constante a encontrarse con algún judicial de aspecto amenazador y capaz de vaciarle la billetera a cualquiera que pudiera ser catalogado como sospechoso. Por ejemplo, por caminar muy rápido.

Esa violencia no es capaz de impedir el desarrollo de la rutina y todos acuden a sus actividades diarias como si no estuviera pasando nada, pero siempre con cautela. Secuestros políticos, acciones armadas y registros a los transeúntes son cotidianos para los huéspedes de doña Pilar, la española.

Los seis primeros meses de 1970 fueron decisivos para el desarrollo del conflicto armado interno. Las ejecuciones por la guerrilla de Isidoro Zarco y el embajador alemán Karl von Spreti fueron dos hechos que incidieron en la respuesta contrainsurgente del Estado ante una guerrilla que comenzaba a reagruparse, luego de la primera derrota militar.

Y en el campo político, se desarrollaban las elecciones generales, donde resultó electo el coronel Carlos Manuel Arana Osorio, quien tomó medidas extremas, como el “cateo general”, el toque de queda y estado de Sitio, para contrarrestar a la insurgencia.

A la manera de los héroes de la novela picaresca, Pablo es el narrador de su propia historia. Pero además, es el cronista de los sucesos más relevantes para el país en esos seis meses. Además del personaje como narrador, la historia le hace otro lejano guiño al género picaresco: las múltiples aventuras amorosas del cronista, quien termina su narración sorprendido por la buena suerte que le tocó en la aventura de trasladarse solo a un lugar desconocido, pero aún más, la facilidad con la que logra conquistar a varias mujeres con quienes sostiene romances fugaces en su mayoría.

La casa de huéspedes es un texto que acapara nuestra atención desde el primer momento. El lenguaje ágil y las descripciones precisas logran mantener el interés a través de toda la lectura.

Editado en 2017, está a la venta en la librería Sophos, Fontabella.

Precio: Q100

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